En tránsito
Un viaje es una historia de amor en tres etapas: cuando lo piensas, cuando lo vives y cuando lo recuerdas.
Pensarlo es mucho más que planearlo, porque los pensamientos, casi momentos oníricos, convergen hacia días que se suceden uno tras otro «deseando no llegar aún a tu destino para que la felicidad no empiece a terminar», como cita el poema de Karmelo Iribarren.
Tiene algo del comienzo del cortejo, donde todo está aún por hacer. No importa cuánto sepas. Con la distancia, la mirada escurridiza y miope se vuelve novata. Desaprende lo que ha aprendido, porque en el fondo quiere sorprenderse, quedarse sin palabras.
Todo está pensado, incluso la improvisación es premeditada. No hay calles olvidadas ni plazas poco transitadas que no formen parte del plan perfecto para sorprenderse en cada esquina. Con mapas que ya no se pliegan, que ya no están manchados con notas rápidas, que no conservan la huella de un vaso mojado, que no giran al unísono con la cabeza de quien dirige los pasos, que no se acercan ni se alejan. Que una vez abiertos, nunca vuelven a ser lo que eran, sino maltrechos, vividos.
Cuando es inminente, la maleta se llena de expectativas y urgencia. El primer día es una oportunidad para observar, escuchar, acariciar algunos rincones. Pero sigue siendo un encuentro tímido, cauteloso. Los relojes dejan de existir y es la luz la que marca los tiempos. Te rindes, sin demasiada oposición, dejándote llevar por el éxtasis y luego te acuestas con la certeza de que otra luz anunciará la próxima cita.
Una parte de ti se desintegra y permanece irremediablemente en cada viaje. Hay quien deja un libro en el avión o la camiseta de algodón con la que durmió colgada en la pared del baño del hotel. Pero son simples descuidos. El fragmento que regalas es la compensación, nunca simétrica, por el fragmento que te llevas. Quizá así tengas que volver algún día a recogerlo y esa sea la excusa que necesitabas para regresar. Todos los viajes, como todas las historias de amor, comparten el mismo código, el mismo deseo.
Federico Granell evoca en cada cuadro el rastro del agua en el mapa de papel y la luz en el momento exacto en que los relojes dejan de existir. Los desconocidos que te acompañaron en cada calle olvidada sin saber que existías. Tus imágenes son la fotografía de los fragmentos olvidados y de los regalados.
El amor siempre está en tránsito. A veces con el nuevo entusiasmo de quien se acerca a él por primera vez. Otras, desde la serenidad de quien lo ha vivido demasiadas veces y regresa con la sospecha que esconde una emoción desconocida. Y otras, desde la atrevida ignorancia de quienes piensan que nada puede sorprenderles y descubren que se equivocaban. Por eso viajamos y por eso viajamos, una y otra vez.
Patricia Ibarrondo