Hay un dicho en China que cuenta que cuando dos personas se quieren, y están lejos, comparten un río, y que así los dos fluyen juntos hasta que al fin confluyen.
Los elementos que comparte el universo han sido venerados por los siglos de los siglos, ya que en ellos nos reconocemos y encontramos nuestras fuerzas y debilidades en cada uno de sus estados. En la tradición hinduista son cinco, a nuestros ojos, millones.
Victoria Iranzo, por primera vez en la Galería Llamazares, muestra una serie de naturalezas inefables en “Entre fuegos, agua”, una exposición donde lo inenarrable de su experiencia se nos presenta de manera plástica para que lo poético de su mirada penetre en nuestra psique a golpe de trazo y color.
A través de sus montañas, que ella vive como ese refugio inamovible al que siempre podrá volver, de volcanes donde explota su talante y de ríos que recorren los paisajes de la memoria, nos introduce en sus pulsiones espirituales de corte oriental, a las que Iranzo se ha aferrado en sus momentos más traumáticos.
La herida sana porque la naturaleza cicatriza.
Estas visiones suscitan una nostalgia de sí misma a la que vuelve una y otra vez para observar su propia iconografía. Un punto de apoyo de estética sincrética.
Todos estos paisajes son naturaleza y, a su vez, discurso ontológico. La mera existencia y sus consecuentes cuestionamientos son nuestros elementos esenciales, que al reflejarse en el agua de Iranzo también fluyen y se desbordan.
“Entre fuegos, agua” expone de dónde viene la artista, dónde está ahora y hacia dónde se dirige. Un viaje tan personal que se universaliza sin remedio a través de cada una de las obras que pinta.
La paleta de colores, tanto en las piezas pictóricas como en las escultóricas, habla de ese remanso de paz que es el taller. Un lugar sagrado donde se mezclan los pigmentos como si de una ceremonia se tratase.
Iranzo recurre a lo emocional a través del paisaje. Un guiño romántico para esta artista absolutamente contemporánea que hace del presente un empuje a nuevas visiones sobre la vida, sus alegrías y sus pesares.
El corazón de la artista se abre para mostrarnos de qué está hecho.
“Entre fuegos, agua” es una muestra confesional donde la belleza genera un placer disoluto al espectador: la sublimación del espíritu primigenio como algo digno de admiración eterna.
Maria von Touceda