Todo el paisaje un gran ojo que no perdona,
que solo comprende, hermana
neuma y no palabra
materia, ritmo
José Val del Omar, Ojos (fragmento).
Hay una famosa frase que, como todas las cosas demasiado populares, ha dejado de tener significado: «Cuando miras el abismo, el abismo te devuelve la mirada». No es necesario explicar –o quizá sí– que Nietzsche hablaba de un abismo metafórico con el que se expresa de manera poética un concepto básico en la investigación científica: no existe la observación sin intervención. Es imposible involucrarse con el sujeto o lugar estudiado y no cambiarlo en el proceso. La evocadora –y agotada– frase explica la segunda parte de ese fenómeno, en el que el observador también cambia con su actividad.
En el siglo XIX, se creía erróneamente que la última imagen que veía una persona antes de morir se quedaba grabada en su retina. Lo que era falso biológicamente, es cierto psicológicamente. No es posible mirar sin que lo que ves te afecte al mismo tiempo. Esta es una manera rebuscada de hablar, entre otras cosas, de lo vital que es el contexto y hasta que punto no es un agente externo, sino una extensión de nosotros mismos.
La pintura de Fernando Barrios Benavides ha evolucionado en los últimos años desde una figuración no realista en la que los rasgos faciales eran los protagonistas –ojos, narices y dientes parte de autorretratos con tintes psicológicos– a una creciente –y casi total– abstracción. Este ha sido un camino natural en el que esas formas reconocibles se han ido sintetizando, mezclando y cruzando entre ellas y, también, con los materiales tan específicos que utiliza: cementos, yesos, materiales de construcción desechados, tejas, adoquines, pequeñas ruinas…
Esta arqueología de la arquitectura moderna partió de un trabajo de investigación que desarrolló en uno de sus anteriores estudios situado en el barrio de Fuencarral de Madrid. Para llegar a él, debía cruzar varios descampados repletos de escombros de edificios derrumbados. En ellos reconoció formas caprichosas, atractivas y, también, restos de su anterior vida. Muchos de esos desechos conservaban huellas de actividad humana: papel pintado, gotelé, capas de pintura acrílica sobre más capas de pintura…
Eran recordatorios de vidas, de las decisiones que esas personas olvidadas habían tomado en sus espacios más íntimos e importantes, en la privacidad de sus hogares, sus refugios. Y también del cambio que sufrieron al ser reducidas a escombros, mediante el cual materiales valiosos y espacios ahora casi inaccesibles para una creciente parte de la población pasaron a ser poco más que basura. De manera irónica, pero muy pertinente, el propio edificio que albergaba su estudio acabó convirtiéndose en escombros poco después de que se trasladase.
Su trayectoria personal, sus años de estudiante de arquitectura y el pertenecer a una de las generaciones más agraviadas por la crisis de la vivienda, hicieron que adoptase todos esos elementos –en ocasiones literalmente, con la incorporación de restos en sus pinturas y esculturas– y los materiales de construcción para crear una obra más completa. Hasta ese momento, su interés se había centrado en el autorretrato psicológico mediante la simplificación de las formas, pero entonces se expandió para condensar en un mismo espacio la otra mitad de esas caras, el abismo que contemplaban.
Así, sus composiciones actuales se construyen con la manipulación de trazos –de los que se puede rastrear su genealogía hasta sus anteriores retratos– y la superposición de materiales de construcción, objetos personales y papeles (entre los que se encuentran documentos y manuscritos suyos y de sus allegados). Todo condensado para crear una única visión de una mente y sus condicionantes materiales diarios. Sus pinturas pueden interpretarse como fragmentos de muro arrancados después de que el paso de los años y la actividad humana las haya cambiado. Lo personal se refleja, a la vez, de la manera más concreta –material– y la más evocadora (formal).
El resultado de este refinamiento son las obras que componen El ojo que no perdona. Son casi piezas de altar, que buscan ser contempladas, descubiertas en sus recovecos, garabatos, patrones, incisiones y capas y capas de elementos desechados, ya que lo subyacente en su pintura tiene un marcado carácter subconsciente. Pero también, en sus grandes superficies de blanco continuo, casi ininterrumpido. El caos y la nada caben en el mismo lugar.
La obra es un punto intermedio entre su consciencia y los muros que la rodean. Son la búsqueda de un punto único en el que se encuentren y cobren sentido inmediato, para él y para el público. El reconocimiento de la experiencia mística, arrebatadora, en el seno de las ciudades modernas; el interior de nuestros ojos implacables y cubiertos de cemento.
Héctor San José