Desde la perspectiva antropológica, el término «fragilidad» (derivado del latín fragilis, que significa «quebrar o romper») se refiere a la condición de finitud inherente a la persona.
La fragilidad se presenta como una fuerza contradictoria a la idea de progreso y, al mismo tiempo, como un recordatorio constante de la posibilidad de destrucción.
¿El progreso nos salva, o nos condena? La idea de progreso es tan connatural que ni pensamos en discutirla. La búsqueda del orden y el progreso, en una visión mecanicista, a menudo ignora el desorden que genera, es decir, se cuestiona la noción de progreso lineal y ascendente.
En esta exposición, la entropía, tema troncal en mi trabajo, aparece ligada al desorden exponencial que genera la idea de progreso.
La ley de la entropía, que describe la tendencia universal hacia el desorden, socava la idea de la historia como un proceso de avance continuo.
La fragilidad nos recuerda la posibilidad constante de destrucción, tanto a nivel individual como colectivo.
Aplazar o ignorar la fragilidad no la elimina. Reconocer nuestra fragilidad, abrazar la incertidumbre y actuar en consecuencia es fundamental para construir un futuro más sostenible.
Las cosas que antes estaban diferenciadas ahora están solapadas en la era de internet, lo público, lo privado, las afecciones, la intimidad, lo virtual, lo real…
Vivimos alertados porque todo puede ser grabado y eterno en el tiempo, con la contradicción añadida al culto a lo efímero. Los espacios vacíos, de transito, de interpretación, están desapareciendo. Vivimos en una sociedad obsesionada con la seguridad, la eliminación del riesgo y el amortiguamiento. Nos faltan los recursos para gestionar, abordar, crear preguntas, ser parte de la solución, aceptar y transformar las dificultades. Somos más frágiles porque la lentitud, la profundidad y el diálogo se han visto mermadas por la tecnología.
El bombardeo y la repetición de imágenes e información nos vuelve ciegos y con comportamientos repetitivos. Nos dificulta la capacidad de atención y el juicio crítico, y acabamos apoyándonos en apariencias e ideas preconcebidas. Nos hace estar en una soledad inconscientemente no elegida, porque nos genera la ilusión de la conexión.
Lo frágil no es siempre lo débil. Debemos preservar nuestra fragilidad, al igual que debemos salvar lo inútil, porque lo inútil nos salva del simple cálculo productivo.